Hubo un tiempo que fue hermoso, un tiempo donde las batallas entre el bien y el mal no se definían en la Justicia, ni en los diarios, ni en los tribunales internacionales, se definían a los bifes, en un ring. Los malos eran monstruosos, letales, mezquinos, momificados, barrigones, sobornaban árbitros, maltrataban al público y se metían el reglamento en el traste. Los buenos, en cambio, eran impolutos, pura fibra y se hacían tiempo para firmar autógrafos aun derrotados. Y ahí estaba el más grande de todos, un hombre de sangre armenia, que a los ocho años fue campeón panamericano de lucha grecorromana y cuatro años más tarde campeón mundial –hasta la reina Isabel le obsequió un anillo de diamantes–. Se llamaba Martín Karadagián y era imbatible. Leer nota
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domingo, 13 de noviembre de 2011
Martín Karadagián
Hubo un tiempo que fue hermoso, un tiempo donde las batallas entre el bien y el mal no se definían en la Justicia, ni en los diarios, ni en los tribunales internacionales, se definían a los bifes, en un ring. Los malos eran monstruosos, letales, mezquinos, momificados, barrigones, sobornaban árbitros, maltrataban al público y se metían el reglamento en el traste. Los buenos, en cambio, eran impolutos, pura fibra y se hacían tiempo para firmar autógrafos aun derrotados. Y ahí estaba el más grande de todos, un hombre de sangre armenia, que a los ocho años fue campeón panamericano de lucha grecorromana y cuatro años más tarde campeón mundial –hasta la reina Isabel le obsequió un anillo de diamantes–. Se llamaba Martín Karadagián y era imbatible. Leer nota
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